El béisbol, el triunfo más político de toda Venezuela
- Ana Camila Jaimes Castellano

- 6 abr
- 2 Min. de lectura
Por: Ana Camila Jaimes Castellano
Estudiante de Comunicación Social de la Universidad de los Andes (ULA)

Hay victorias que se celebran con ruido y otras que se reciben con un silencio eléctrico, como si el cuerpo necesitara un segundo para procesar que el peso ha desaparecido. Lo que ocurrió en Miami no fue un evento deportivo, fue un ajuste de cuentas con la desdicha. El marcador, ese número gélido, 3 a 2, es apenas la superficie. Debajo, en el subsuelo de la identidad venezolana, lo que se movió fue una placa tectónica.
Durante un cuarto de siglo, el venezolano ha sido un experto en la gramática de la pérdida. Hemos conjugado el verbo "irse", el verbo "faltar", el verbo "aguantar". Nos acostumbramos a que las noticias importantes llegaran siempre con una carga de tristeza. Por eso, cuando el noveno inning se cerró frente a Estados Unidos, el impacto no fue solo el de una pelota contra un guante. Fue el impacto de una realidad contra un prejuicio: la prueba física de que no estamos condenados a la derrota como destino manifiesto.
La psicología social, esa disciplina que intenta explicar por qué un grupo de desconocidos llora al unísono, habla de la catarsis colectiva. Pero aquí hay algo más punzante. Henri Tajfel sugería que nuestra autoestima se construye con los retazos de los grupos a los que pertenecemos. Para una sociedad que se ha sentido fracturada, el equipo de béisbol no es un grupo de atletas; es el último territorio invicto. Es el único lugar donde la bandera no pesa, donde la diferencia no segrega, donde el triunfo no se cuestiona. Es la "patria portátil" de la que hablaba la literatura, pero esta vez con bates y uniformes.
La geografía del juego fue, en sí misma, una ironía poética. Miami, esa extensión de nuestra propia nostalgia, se llenó de gargantas que gritaban en español. La migración, ese goteo constante que vació las casas de Venezuela, terminó por llenar un estadio extranjero para reclamar lo propio. Allí, entre las gradas, la distancia se anuló. El que servía el café en una esquina de Florida y el que veía la pantalla en una barriada de Petare estaban habitando, por primera vez en veinticinco años, el mismo presente. Un presente sin escasez, sin urgencia, sin miedo.
No es que el béisbol cure las heridas del país. Sería cínico pretender que un último out repare una economía o devuelva a los que se fueron. Pero el triunfo opera como un recordatorio de la capacidad técnica de la esperanza. Ganarle a la potencia, al dueño de la casa, al símbolo de lo que a veces parece inalcanzable, es un acto de rebeldía psicológica. Es decirse a uno mismo: "Todavía recordamos cómo hacerlo bien"
Este campeonato es el fin de un luto prolongado. Es la confirmación de que un país puede pasar décadas en el sótano de la historia y, aun así, conservar intacta la memoria del brillo. Al final, lo que queda no es la medalla, sino la mirada de quien descubre que ya no tiene que pedir permiso para ser el mejor. Venezuela no ganó un torneo. Venezuela recuperó el derecho a la alegría, y en un mundo que nos prefería derrotados, ese es el triunfo más político de todos.
.png)



Comentarios